Malva Flores
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Bogotá. Agosto 2009. Foto: Rose Mary Salum
José Luis Rivas y el azar objetivo
Texto leído durante el homenaje al poeta José Luis Rivas
el 24 de marzo de 2010, en la ciudad de Xalapa, Ver.


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Malva Flores y Christopher Domínguez durante el homenaje. Foto: Celia Álvarez
Hace ya algunos años sostuve una plática con José Luis Rivas en la terraza de un restaurante que miraba de frente a un bosque de araucarias. Aquella charla giraba sobre las coincidencias, sobre el azar objetivo, paradoja que me provocaba cortocircuitos porque “cómo explicas —le decía a José Luis— que tú y yo, hace más de 30 años hayamos vivido a dos cuadras de distancia en la ciudad de México y no nos hayamos conocido; que discutieras con los jóvenes de una casa de estudiantes por cuya acera mi madre me había prohibido pasar; que años más tarde hayamos compartido la sala de espera de un vuelo a Bogotá que no abordé y que hoy estemos los dos sentados a esta mesa, viviendo ya en Xalapa, mirando la neblina. Es sencillo explicar por qué ocurren las cosas. Lo difícil es saber para qué.”

A pesar de que yo había sido educada en el dogma del orden y el progreso, creía que las coincidencias de la vida no eran obra de la casualidad. Azar y destino no eran lo mismo: alguien regía esas combinaciones como el fiel de una balanza de la que emanaban, a la vez, una ley superior anticipada y nuestra imposibilidad para escapar de ella. Por eso no podía aceptar que el azar objetivo fuera el encuentro entre el deseo y lo imprevisto, como si las señales no fueran otra cosa que la manifestación de mi necesidad; como si la conversación entre esas correspondencias fuera, de algún modo, el diálogo que yo misma hubiera establecido con el deseo de los otros.

Con una paciencia notable y generosa, en vista de mis torpes argumentos, recuerdo vagamente que José Luis me dijo: “Lo único que se opone al destino es tu deseo, la libertad de tu deseo. Al ‘para qué’ sólo podrían contestar los dioses, si existieran”. Luego se rió con esa fresca pero salvaje risa que todos recordamos en él como algo distintivo.

Lo más probable es que lo cite mal, pero no encuentro otra forma de iniciar este saludo que el recuerdo de aquella tarde frente a las araucarias. Tampoco puedo hablar de José Luis Rivas sin usar palabras que, conociéndolo, tal vez le incomoden pero que sirven para explicar mi relación con su poesía: las de alguien que ha intentado aprender, en su cercanía, a mirar nuevamente el mundo. No a releerlo como si el mundo fuera un libro de citas, un catálogo razonado o tal vez el polvoso compendio de alguna arqueología; sino a leer en él, aún, el vivo esplendor de su belleza.

Su magisterio no ha sido, por cierto, el de la tiza o la palmeta, tampoco el de la jerga bárbara o la etiqueta fácil que decreta el acomodo del orbe en un fichero. En todas sus largas aventuras editoriales o en su amplia tarea de traducción, ha refrendado el que quizá sea su amor más genuino: la palabra como raíz o como el soplo vital que utiliza la vida cuando, para soñar, profiere la primera sílaba / dice al azar el nombre de la cosa / y ésta se anima /y aparece.

Dice Auden que nuestro juicio sobre un escritor al que hemos leído y releído nunca puede ser sólo un juicio estético y que cada nuevo libro suyo “encierra para nosotros el interés histórico de un acto realizado por una persona en la que nos hemos interesado por mucho tiempo. Ya no es sólo un poeta o un novelista; es también un personaje de nuestra biografía”. Mi encuentro real con Rivas ocurrió, efectivamente, mucho tiempo después de que leí por vez primera los versos que definieron, con palabras, la textura sonora y visual, y asimismo afectiva, de aquella temporada de mi propio paraíso --las aguas transparentes / del pozo de la infancia--.

Aunque las coincidencias de la vida obligaban de manera natural al nacimiento de una empatía paisana bajo la luz de un cielo compartido —un reconocimiento entre sus palabras y las voces fabulosas de mi niñez—, no leí en ellas la visión nostálgica del pasado sino la revelación de aquello que, de él, es siempre presencia. Aunque su Veracruz y mi Veracruz fueron distintos, con la lectura de sus poemas aquella remota geografía de mi infancia pronto se convirtió en un cuerpo vivo de palabras; un cuerpo luminoso del que emergían los nombres de las cosas que yo había conocido como las escuché por primera vez: sin pátina, porque se movían a la siga de uno o varios ritmos; y las nuevas, múltiples voces que nunca había escuchado, hoy se volvían presencia y ocupaban su sitio en el pentagrama invisible del gran poema único que José Luis ha venido construyendo desde Fresca de risa.

La poesía de Rivas me enseñó a mirar, con palabras, la relación cordial de todo aquello que parecía disperso, fragmentado. Su lectura no sólo ofrece la posibilidad de conocer las muchas voces para hablar del mar; para saber del frescor en las pozas del río; de la risa de todas las muchachas; de la piel y el color de las frutas… Nos permite advertir algo que ya no solemos ver y sobre lo que no tenemos idea de cómo hablar: la alegría. Es difícil hablar de la alegría. Escribirla ahora parece una ingenuidad, cuando no un despropósito. Aunque no tiene, ni mucho menos, el prestigio de la melancolía o de la llana tristeza y, por el contrario, es un tema que suscita primero desconfianza, luego tal vez desdén, cómo, dónde, en cuántas repetidas horas de nuestra vida la buscamos.

Buscamos la alegría como idea, como sensación de algo que en este mundo fraccionado ya no sabemos qué es; si tiene color, si acaso es algo que podemos mirar, sentir, tocar, oler. La confundimos con la carcajada, creemos que nace en la ironía, que la parodia es su hermana… No sabemos lo que es la alegría. Yo tampoco sabría describirla pero puedo reconocerla en la forma del regalo que el mundo nos ofrece de manera gratuita y que José Luis se empeña diariamente en atrapar para mostrarnos, en su inasible exceso, no un “tema” literario sino las vivas correspondencias en el telar del mundo. Y eso justamente provoca alegría: confianza, asombro y plenitud.

Ni siquiera la muerte, ese relámpago en medio del amor, frustra la empresa prodigiosa de la vida: la dota, acaso, de un ropaje distinto. La vida se renueva en las palabras y con ellas renace, producto del deseo, como la misma rotación de la Tierra y José Luis lo sabe. Sin embargo, no cede nunca al riesgo oracular o a la sentencia moral. Su poesía presenta, comulga con la vida, advierte nuestras correspondencias; restaura y reinstaura el poder del lenguaje poético que no es otro que el poder del deseo, la libertad de ese deseo. El mundo es, así, una posibilidad; un continuo de presentes sucesivos donde el poeta se instala para participar del asombro cotidiano y perpetuo.



Libre como el que más / en la mañana de mis treinta años / hundo la punta de mi pie en el agua cálida / de la marisma que hierve / en espumas / cuando los críos de langosta taladran / en su huida el agua. Así conocí a José Luis Rivas, hace ya mucho tiempo, justo en la mañana de mis treinta años, leyendo Tierra nativa.

Nunca imaginé, entonces, que habíamos visto de niños una luz similar brillando en la piel de las toninas o que tal vez caminamos en una hora precisa, digamos las seis de la tarde —yo hacia la panadería, del brazo de mi madre; él tal vez corriendo en pos de una muchacha— el mismo día, por la misma calle, en una colonia de la ciudad de México.

La tarde de nuestro encuentro en Xalapa, frente a las araucarias, José Luis me explicó el azar objetivo. Aunque él no lo crea, si existieran los dioses dirían al fin el “para qué” de nuestras coincidencias: para que en su lectura yo aprendiera a mirar, del mundo, la vivacidad.
                                                                                                                                                                                                                                                                                               

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